Cuando los primeros rayos de sol invadieron el galpón, Francine no tenía idea de cuánto tiempo había dormido.
Solo sabía que le dolía todo el cuerpo, que el cuello parecía un nudo y que la cabeza le latía como si hubiera recibido una paliza.
Había pasado gran parte de la noche intentando entender dónde estaba.
La luz sobre ella, demasiado fuerte, le cegaba la vista y dejaba el resto en una oscuridad absoluta.
Sin sombras claras. Sin ventanas visibles. Sin señales de vida.
Pero a medida que aman