Cuando Francine despertó, alguien le sujetó el mentón con brusquedad y lo alzó de golpe. Lo primero que vio fue un celular casi pegado a su rostro.
Por un segundo pensó que estaba soñando.
Todo seguía oscuro, salvo un único haz de luz apuntándole directamente a los ojos, casi cegándola.
Pero el cuello le dolía. El brazo no respondía. Y el aire olía a humedad y moho.
No era un sueño.
Parpadeó varias veces, intentando entender el escenario.
Una silla metálica. Un foco sobre ella. Oscuridad alrede