El resto del almuerzo transcurrió en silencio.
Dorian mantenía la mirada perdida en el plato, el tenedor inmóvil entre los dedos, como si cada pensamiento pesara más que la propia comida.
Francine lo observaba de reojo, intentando descifrar qué se ocultaba detrás de aquel semblante demasiado concentrado para un día común.
—Creo que nunca te había visto comer tan despacio —comentó ella, intentando aliviar el ambiente.
Él esbozó una sonrisa breve, casi imperceptible, y respondió apenas con un son