La habitación aún olía a ducha caliente y sábanas revueltas.
Francine estaba acurrucada en el pecho de Dorian, sus dedos recorriendo distraídamente el cabello de él, como quien saborea un raro momento de tranquilidad.
—¿Te hiciste una rinoplastia, verdad? —preguntó, con ese tono ligero de quien provoca solo para ver la reacción.
Dorian abrió los ojos lentamente, arqueando una ceja, con una expresión a medio camino entre la pereza y el sarcasmo.
—¿Te resulta tan difícil admitir que soy naturalme