La cena terminó con la misma naturalidad con la que había comenzado.
Dorian llamó al camarero con un simple gesto.
No hubo intercambio de palabras, ni revisión de la cuenta; solo el deslizamiento de una tarjeta negra y el sonido discreto del datáfono confirmando el pago.
Francine todavía se sentía un poco extraña ante la naturalidad con la que él manejaba esas situaciones. Para Dorian, el dinero parecía ser apenas un detalle, nunca un obstáculo.
Cuando salieron del restaurante, el aire nocturno