El reloj del despacho marcaba casi las tres de la tarde cuando Cassio entró sin tocar, con el saco colgado del hombro y medio vaso de café en la mano.
—Avísame cuando abras una cafetería aquí dentro —soltó, apoyándose en la estantería al lado del escritorio de Dorian—. Porque con el ánimo que traes últimamente, vas a terminar repartiendo cappuccino a los empleados.
Dorian ni levantó la vista de la pantalla.
Estaba inclinado sobre la planilla de Recursos Humanos, pero la concentración era tan in