Francine permanecía inmóvil frente al espejo, con los ojos llenos de lágrimas, mientras el peluquero intentaba, sin éxito, despegar el chicle que se había enredado en su cabello.
Cada tirón parecía más doloroso que el anterior, no por el dolor físico, sino por el nudo de frustración que se formaba en su garganta.
—Mademoiselle… no hay nada que hacer. Habrá que cortar —dijo el profesional, apartando las manos, resignado.
Francine tragó saliva, respiró hondo y, temblando, sacó el celular de la bo