Capítulo 31. La Serpiente en el Edén

El tintineo de la plata contra la porcelana de Limoges era el único sonido en la terraza principal de la Villa Victoria. El aire de la mañana era fresco, pero el ambiente en la mesa de té estaba cargado de una amargura que ningún terrón de azúcar podía suavizar. Victoria Burke, impecable en un conjunto de punto Chanel, sostenía su taza con una rigidez que delataba sus nervios destrozados. Frente a ella, Isabella revolvía su té con una parsimonia estudiada, observando a su futura suegra con ojos
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