Capítulo 171. La risa que desarmó a la bestia
Al llegar al último peldaño, el mundo pareció detenerse.
Acomodada en una cesta de mimbre acolchada con mantas de lana gris, estaba Keziah. Su pequeño cuerpo estaba envuelto como un capullo para protegerla de la humedad. Al escuchar el ruido de las pisadas, la bebé interrumpió el juego con un pequeño peluche de trapo que sostenía entre sus manos y giró su cabecita hacia la escalera. Sus enormes y brillantes ojos se clavaron en la figura que acababa de irrumpir en su escondite.
Al ver la silueta