El chofer miraba de reojo por el retrovisor, conteniendo la respiración. El temible señor Burke estaba completamente desarmado.
Aslan no se había sentado en su lugar habitual. Se había acomodado casi encima de Amara, de lado, con una pierna doblada sobre el asiento de cuero para poder verla de frente. Su mano izquierda no soltaba la de ella; la apretaba.
—Es que... es increíble —murmuró Aslan por quinta vez en menos de diez minutos, con los ojos azules inyectados en una devoción que rozaba la