Capítulo 186. Santuario de calor, sudor y sonidos húmedos
Amara seguía de pie cerca del ventanal, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula tensa. Elena, sentada un poco más allá, mantenía la vista fija en la pequeña que jugaba, aunque la rigidez de su espalda demostraba que no había perdido detalle de la huida de Aslan.
Al escuchar sus pasos, Elena se puso en pie con una lentitud deliberada. Miró a Aslan, luego a Amara.
—Es hora de la merienda de la niña —anunció Elena, rompiendo el espeso silencio. Se agachó para tomar a la pequeña en b