Capítulo 124. La duda y un plan siniestro
El sonido de los tacones de Livia se desvaneció al final del pasillo, pero el eco de su presencia permaneció en la cocina como un perfume demasiado pesado. Elena entró en el recinto con los labios apretados en una línea fina, observando a su hija. Amara no se había movido; seguía encorvada sobre la isla de la cocina, con la luz azul de la pantalla acentuando las ojeras profundas bajo sus ojos.
—Amara, tenemos que hablar —soltó Elena, dejando el trapo de cocina sobre el mármol con un golpe seco.