Capítulo 12. La Ironía del Destino
—¿Qué... has... di-cho? —articuló Aslan.
Cada sílaba salió de su garganta como el crujido de un glaciar rompiéndose. No era una pregunta; era una advertencia de muerte. Sus ojos, fijos en el médico, no solo lo miraban, parecían estar desintegrando la misma estructura molecular de Arispe.
El médico, con el rostro desencajado y el aire escapándosele de los pulmones, se aferró a los brazos de su silla.
—Amara Leoni... —logró soltar entre espasmos—. Así se llama. Es una mujer de unos...
—¡Cállese!