Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Sienna
La semana pasó lentamente, las horas en la galería se me hicieron lentas, afortunadamente Leo se quedó de nuevo en casa con la niñera, mientras yo soportaba a Aidan y sus exigencias, un general tenía más compasión por sus soldados que este hombre por sus empleados.
Pero hay días en los que el universo simplemente decide que quiere verte arder para divertirse.
La niñera volvió a llamarme con la misma excusa de siempre, se había contagiado de un resfriado repentino, pero yo sabía que era más una resaca que un virus. No tuve opción, tuve que meter de nuevo a Leo en la galería, rogándole a todos los santos que se portara bien, pero el caos le corre por las venas de forma hereditaria.
Estaba ocupada con un cliente difícil cuando escuché el estruendo, fue el sonido de un cristal rompiéndose, seguido de un golpe y el grito de Maya. Corrí hacia la sala principal y sentí que el mundo se detenía.
Leo tenía las manos manchadas de pintura azul, estaba parado frente a tres lienzos que acababan de llegar de Europa para la exposición de invierno. No solo los había tirado al suelo, había intentado "mejorarlos" plasmando sus manos sobre el óleo fresco. Pero lo peor no fue eso, en su caída, uno de los marcos golpeó una escultura de cristal de Murano que ahora era solo fragmentos esparcidos por el suelo.
—¡Mami, mira! —dijo Leo, señalando su "obra" con orgullo— ahora tienen más color.
No pude ni hablar, me quedé muda viendo todo aquello, justo en ese momento, la puerta de la oficina se abrió, Aidan bajó las escaleras, su rostro era una máscara de piedra.
Se detuvo frente al desastre, miró los lienzos, miró la escultura destrozada y luego miró a Leo, mi hijo, que no suele tenerle miedo a nada, retrocedió ante su mirada y se escondió detrás de mi pierna.
—Esa escultura era una pieza única del siglo XVIII, señorita Nux —dijo Aidan, el tono de su voz era gélido— los lienzos estaban vendidos por un total de ochocientos mil dólares. La escultura no tiene precio de mercado, pero el seguro la valora en medio millón.
Hice la cuenta mentalmente y sentí ganas de vomitar, era casi un millón y medio de dólares. Ni trabajando tres vidas completas podría pagar eso.
—Lo siento tanto... —las lágrimas, empezaron a rodar por mis mejillas sin que pudiera detenerlas— Leo es solo un niño, él no sabía lo que hacía...
Aidan se acercó a nosotros, se detuvo cerca de mí, clavando sus ojos en los míos, podía sentir su furia, era como una energía oscura que lo invadía todo.
—¿Cómo piensa pagar esto? —preguntó, apretando los dientes.
—Trabajaré sin sueldo —solté, desesperada, agarrando su brazo sin pensar— por favor, haré horas extra, limpiaré, haré lo que sea necesario. No cobraré ni un centavo hasta que la deuda esté saldada, se lo ruego.
Aidan soltó una carcajada cínica, el sonido me heló la sangre, se soltó de mi agarre de manera brusca y me miró desde arriba, de manera intimidante.
—¿Sin sueldo? —repitió, burlándose— señorita Nux, sea realista, con su sueldo actual de empleada de galería, tardaría aproximadamente ciento cuarenta años en pagar los daños, y eso si no contamos los intereses por la pérdida de valor de las piezas. No tengo tanto tiempo, y usted no tiene tanta vida., reconozca que su propuesta es un chiste de mal gusto.
—¡Aidan! —Una voz autoritaria y ronca se escuchó desde la entrada, antes de que yo contestara.
Volteé hacia la puerta, y vi a un hombre mayor, de cabello canoso perfectamente peinado y un traje caro, era Viktor Volkov, el padre de Audam, el hombre que, según los diarios y los rumores, era más despiadado que el mismísimo diablo.
Viktor se detuvo frente al desastre, observó la pintura azul en el suelo y luego nos vio a Leo y a mí con una mirada de asco, como si fuéramos basura que alguien olvidó sacar a tiempo.
—¿Qué es esto, Aidan? —rugió Viktor, señalando a Leo— ¿Desde cuándo permites que esta clase de gente use la galería como guardería? ¡Mira este desastre! ¡Has perdido piezas que prometí a contactos influyentes por culpa de este bastardo!
—Padre, cálmate —dijo Aidan, poniéndose visiblemente tenso y cruzándose de brazos.
—¡No me pidas calma! —Viktor caminó hacia mí, deteniéndose cerca, el fuerte olor a tabaco que emanaba de él casi me asfixia— llama a la policía ahora mismo, esta mujer tiene que ir a la cárcel y el niño a un centro estatal, alguien tiene que responder por este vandalismo. No voy a permitir que una muerta de hambre se burle de nuestra familia.
—No voy a llamar a nadie —respondió Aidan— no te metas, padre, esta es mi galería y yo solucionaré esto a mi manera.
Viktor soltó una carcajada cargada de veneno, mirando a su hijo con desprecio.
—¿Tu manera? Estás perdiendo el juicio por una empleada de cuarta, hablemos en tu oficina, no quiero seguir viendo este espectáculo tan desagradable, y tú —dijo, señalándome— si fuera por mí, hoy dormirías tras las rejas.
Viktor se dio la vuelta y subió las escaleras, me quedé temblando, abrazando a Leo, que lloraba aferrado aún a mi pierna, miré a Aidan, buscando un poco de compasión hacia nosotros, pero sus ojos estaban fijos en los míos con una frialdad que me dio más miedo que los gritos de su padre.
—Vaya pensando en cómo va a pagar la deuda, señorita Nux —dijo con un tono serio — porque no pienso perdonarle ni un solo centavo de este desastre.
Se dio la vuelta y siguió a su padre, volteé a ver a mi hijo, tenía sus ojitos clavados en mí, al punto del llanto, solté un suspiró y lo abracé muy fuerte, aunque estaba asustado, a su corta edad no podía tener ni la más mínima idea del lío en el que me había metido.







