Es un depredador

Punto de vista de Sienna

Salí de la oficina de Aidan sintiendo que me temblaban las piernas, pero manteniendo la espalda recta, no pensaba darle el gusto de verme temblar. Ese hombre era como un imán para los problemas, y yo ya tenía el cupo lleno con un niño de cuatro años que tenía la facilidad de meterse en líos a donde fuera.

Después de que cerré la puerta, me sentí fuera de su mirada inquisidora, solté el aire que parecía haberse atascado en mis pulmones.

—¿Mami? —Leo corrió hacia mí en cuanto bajé las escaleras.

—Dime, bicho —respondí, intentando que mi voz no sonara como si acabara de ver a un fantasma, aunque, Aidan Volkov era el fantasma de la noche que cambió mi vida para siempre.

—El señor de traje es muy grande, ¿Crees que come muchos nuggets? —preguntó Leo con seriedad, a su corta edad se tomaba sus dudas muy en serio, sus ojos, que aunque no lo quisiera reconocer, eran parecidos a los de ese hombre que acababa de dejar atrás, me miraban esperando una respuesta lógica.

—Ese señor desayuna empleados rebeldes, Leo, así que tú y yo vamos a ser invisibles —le susurré, agachándome para quedar a su altura, le acomodé el cuello de la camiseta de dinosaurios, tratando de controlar el temblor de mis manos —vamos a jugar a las escondidas de nuevo, pero esta vez el nivel es experto, si no nos ve, ganamos un helado.

Maya, que hasta ese momento se había hecho la desaparecida, salió del pasillo que da al área de descanso, acercándose, tan rápido que casi choca con una escultura de metal, me agarró del brazo y me arrastró hacia el área de descanso.

—Sienna, por el amor de todos los santos, dime que no te reconoció —soltó Maya en un susurro desesperado, mirándome con los ojos más abiertos que de costumbre.

—No lo hizo, usé el nombre que planeamos, Maya, recuerda que aquí soy Sun Nux —le recordé, aunque la verdad es que odiaba las mentiras.

Maya dejó escapar un suspiro de alivio, ella era la única que sabía que yo había llegado al extremo de cambiarme el nombre legalmente hace unos años. 

La decisión la había tomado después del nacimiento de Leo, impulsada por el miedo de que alguna vez los Volkov se enteraran de su existencia y un día se aparecieran frente a mi puerta para reclamar su derecho sobre mi hijo.

Necesitaba una identidad que no apareciera en ninguna lista de graduados de la Universidad de Silver Falls, una que me permitiera trabajar en esta ciudad sin que mi pasado me alcanzara. 

Incluso había sacrificado mi larga melena, llevando el cabello demasiado corto, así si algún día me lo encontraba, pasaría por una completa desconocida.

—Él dice que le resulto familiar, me preguntó si estuve en Silver Falls —cuando lo dije, sentí un escalofrío— pero le contesté que nunca he salido de esta ciudad y que no me gusta el campo.

—Ese hombre es un depredador, Sienna, no debes ponerte nerviosa ni demostrarle miedo, o va a escarbar hasta encontrar la verdad —advirtió Maya, mirando nerviosamente hacia el pasillo— tienes que mantener la calma. Sun Nux es una empleada eficiente, aburrida y sin pasado, no aquella chica que él conoció bailando sobre una silla.

Asentí, regresamos a nuestros lugares de trabajo, minutos después, escuché pasos, Aidan bajó las escaleras, seguido de Jax, ese tipo me daba la impresión de que disfrutaba el caos.

Aidan caminó hasta nosotros, su mirada se clavó sobre Leo que coloreaba un libro de dinosaurios, lo observó por un momento, mientras yo rogaba internamente que no se diera cuenta de que mi hijo tenía sus mismos ojos.

—Señorita Nux —dijo con voz ronca, mi mente traicionera me recordó en ese momento cuando me hablaba al oído en la cama, aunque está vez se dirigía a mí con un tono gélido, pero bueno, es el tono de un jefe a una simple empleada.

—Señor Volkov —respondí, cruzándome de brazos para ocultar que las palmas de mis manos sudaban.

—Espero que su hijo no sea una distracción para que usted cumpla con sus obligaciones —dijo, mirándome fijamente a los ojos —saldré a comer, en cuanto regrese la quiero en mi oficina, necesito que me entregue los registros detallados de la bodega y que me explique por qué hay cajas sin inventariar, y me sube un café.

—¿Cómo toma su café? —pregunté, desviando la mirada.

—Negro y sin azúcar —respondió, ¿Negro y sin azúcar? Claro, tenía que ser, he leído algo sobre que tipo de gente toma el café de esa manera, y él encaja en ese perfil perfectamente.

—Mami —susurró Leo una vez que ellos se marcharon— ¿Porqué tienes la cara tan roja como un tomate?

—Es por el calor, Leo —mentí, y es que ni ante mi hijo podía ocultar el efecto que tenía sobre mí Aidan Volkov.

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