—Oh, nena —dijo, con esa voz profunda que me hacía estremecer—, sabes que lo haré. Y lo vas a disfrutar tanto como yo.
Lo fulminé con la mirada, molesta, y avancé hacia la puerta. Sentí detrás de mí su risa, baja, vibrante, recorriéndome un escalofrío que mezclaba irritación y algo que no podía negar. Me volvía loca, y a la vez, de alguna manera, me encantaba.
Respiré hondo, tratando de ignorarlo mientras abría la puerta, esperando que él llegara detrás. La casa se alzaba frente a mí, imponente