—Nena, mírame… —su voz sonó baja, ronca, llena de ternura y urgencia—. Todo está bien, ¿me oyes? No dejaré que nada te pase. Por favor, no llores… me destroza verte así. Piensa en nuestra bebé, ¿sí?
Me aferré a su camisa como si eso fuera lo único que me mantenía entera. Su olor, su calor, su voz… todo lo que necesitaba estaba ahí.
Respiré hondo, intentando calmar el temblor de mis hombros. Poco a poco, el llanto fue cediendo, dejándome con la garganta ardiendo y los ojos hinchados. Levanté la