El paisaje pasaba en silencio más allá del vidrio, cubierto por una neblina suave que el amanecer apenas lograba disipar. El interior del auto era cálido, y el aroma de Richard —una mezcla de madera, jabón y algo inconfundiblemente suyo— me envolvía, como si su presencia misma me abrazara. Llevaba puesto uno de sus abrigos largos, tan grande que las mangas casi me cubrían las manos. Aun así, me sentía protegida, resguardada dentro de algo que le pertenecía.
Mientras conducía, Richard llevó una