111• Nuestra niña.

La sala de partos me recibió con una luz blanca y fría que no se parecía en nada a lo que había imaginado tantas veces. Todo era demasiado limpio, demasiado clínico. El olor a desinfectante me llenó los pulmones mientras acomodaban la camilla en el centro y el personal comenzaba a moverse con una coordinación casi automática, preparando instrumentos, ajustando monitores, hablando entre ellos en un lenguaje que yo apenas procesaba.

Mi corazón latía desbocado.

Me sentía pequeña en medio de todo a
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