111• Nuestra niña.
La sala de partos me recibió con una luz blanca y fría que no se parecía en nada a lo que había imaginado tantas veces. Todo era demasiado limpio, demasiado clínico. El olor a desinfectante me llenó los pulmones mientras acomodaban la camilla en el centro y el personal comenzaba a moverse con una coordinación casi automática, preparando instrumentos, ajustando monitores, hablando entre ellos en un lenguaje que yo apenas procesaba.
Mi corazón latía desbocado.
Me sentía pequeña en medio de todo aquello.
Mientras me acomodaban, las enfermeras me explicaban lo que iban a hacer, no pude evitar pensar en cómo había cambiado todo. En cómo yo había cambiado.
Al principio, el plan siempre había sido hacerlo sola. Criar a mi bebé sola. Ser fuerte, independiente, suficiente. Creía que el amor era algo que se sobrevivía, no algo en lo que se confiaba. Creía que formar una familia era un riesgo innecesario, una promesa que tarde o temprano se rompía.
Y entonces apareció Richard.
Sin pedir permiso,