La puerta de mi habitación estaba entreabierta. Me incorporé despacio en la camilla, todavía aturdida, buscando con la mirada a Lana o a Grace. Pero no había nadie. El silencio era demasiado profundo, incómodo. Entonces la vi. La cuna neonatal estaba vacía.
Sentí cómo el corazón se me detenía por un segundo antes de comenzar a latir con violencia. El aire se me atascó en el pecho y, sin pensar en el dolor ni en el cansancio, bajé las piernas de la camilla y me puse de pie. El cuerpo protestó de inmediato, mareado y débil, pero el miedo fue más fuerte.
—Ruby… —susurré, con la voz quebrada.
La luz de la habitación parpadeó varias veces, breve e irregular, como una advertencia silenciosa. Algo no estaba bien.
Avancé apoyándome en la pared, obligando a mi cuerpo a moverse pese a la presión en el vientre y al temblor que me recorría las piernas. Abrí la puerta y salí al pasillo.
Estaba vacío.
Las luces permanecían apagadas, salvo el débil resplandor que escapaba desde mi habitación, aun ti