La puerta de mi habitación estaba entreabierta. Me incorporé despacio en la camilla, todavía aturdida, buscando con la mirada a Lana o a Grace. Pero no había nadie. El silencio era demasiado profundo, incómodo. Entonces la vi. La cuna neonatal estaba vacía.
Sentí cómo el corazón se me detenía por un segundo antes de comenzar a latir con violencia. El aire se me atascó en el pecho y, sin pensar en el dolor ni en el cansancio, bajé las piernas de la camilla y me puse de pie. El cuerpo protestó de