El beso cambió antes de que pudiera darme cuenta. Richard me sujetó por la cintura y me atrajo hacia él con una urgencia silenciosa, como si hubiera pasado toda la noche conteniéndose. Sentí el calor de su boca moverse sobre la mía—primero suave, luego más profundo, más seguro—hasta que mis labios comenzaron a responderle como si tuvieran vida propia.
Su mano bajó lentamente por mi espalda, haciendo que cada centímetro de mi piel se encendiera. Cuando sus dedos alcanzaron el nudo del albornoz, escuché el leve susurro de la tela cediendo, y mi pecho se apretó.
Richard dejó escapar un suspiro contra mi boca, uno que me tembló directo en el estómago, y luego deslizó el albornoz apenas lo suficiente para besarme el cuello. Mis rodillas casi fallaron. Eché la cabeza hacia atrás sin pensarlo, ofreciéndole más piel; él lo entendió al instante. Sus labios se movieron hasta mi clavícula, luego a mi hombro desnudo, y ese contacto cálido me atravesó por completo.
El albornoz terminó por resbalar