106• Así debió ser siempre.
Los últimos días del embarazo me tenían viviendo en un estado extraño entre emoción y agotamiento. Cada movimiento de mi barriga era un recordatorio de que nuestra hija ya estaba lista para llegar, de que en cualquier momento todo cambiaría para siempre.
Estábamos en el consultorio de la doctora Evelyn Harper, la luz suave del ecógrafo iluminando la pantalla mientras el gel frío se deslizaba por mi piel. La doctora movía el transductor con profesionalidad, sin decir una palabra todavía. Richard estaba a mi lado, sentado tan cerca que su muslo rozaba el mío. Me tenía sujeta con los brazos como si estuviera protegiéndome de algo invisible.
—Aquí está… —dijo finalmente la doctora, señalando la pantalla—. Todo se ve perfecto. Puede llegar en cualquier momento.
Sentí que Richard soltaba el aire como si hubiera estado aguantándolo desde hacía semanas. Me besó la sien, luego la mejilla, y antes de que pudiera reaccionar, sus labios rozaron los míos con una ternura que hizo que mi garganta se