Mi corazón empezó a bombear sangre con fuerza en mi pecho; sentí los latidos incluso en la boca y los oídos, ahogándome con una presión inmensa. No podía creer lo que este vil hombre me decía. Iván Volkov no podía estar diciéndome la verdad. Negué enseguida, mirándolo con desprecio.
—¿Por qué lo haría? —interrogué. No existen razones para hacerle daño a mis padres.
—Cuando le dije que pedí a un médico que aliviara el dolor de su madre y que este se excedió con la dosificación de morfina hasta d