Se escuchó un golpecito en la puerta.
—Pasa.
Álvaro entró con una caja térmica en las manos y los dos niños pegaditos a él.
—¡Hermana, qué alivio verte bien! No sabes lo mal que la pasamos desde el día del accidente. No podíamos ni comer ni dormir. Teníamos el alma hecha nudo —dijo Álvaro, con los ojos rojos, al borde de las lágrimas, algo rarísimo en él.
—Mami, ¿todavía te duele? —Andi se subió a la cama sin pensarlo y le echó los brazos al cuello.
—Mami —saludó Orión más tranquilo. No se acerc