¿Saúl no está muerto?
—¡Teresa! —la voz de Saúl sonaba áspera, como si hubiera pasado un mes sin beber agua.
Una sola palabra bastó para que Teresa se quedara tiesa. ¡No estaba muerto!
Se había pegado a ella como si fuera chicle, ¡seguía vivo!
Sus ojos, llenos de odio, se fijaron en Saúl, y una furia le empezó a hervir en el pecho. ¡¿Por qué no se moría de una vez?!
—¡Acércate! —su voz era débil, hueca, como sin energía.
—Señora Teresa, ¡mire a este pobre hombre! La reconoció. —La enfermera pens