Ricardo sonrió con aire triunfante, se inclinó un poco hacia adelante y volvió a preguntar:
—¿Entonces sí me aceptas como novio?
—Sí, sí, ¡lo que Dios quiera! —Marina respondió un poco impaciente, repitiendo varias veces la palabra. ¿No era lo suficientemente claro con solo asentir? ¿Tenía que decirlo en voz alta?
—¿Entonces puedo hacer lo que quiero?
—¿Qué diablos? —Marina lo miró, confundida.
Ricardo levantó la mano, la puso detrás de su cuello, se acercó a ella y la besó.
El beso fue tan rápi