Teresa sintió asco por la cercanía de su aliento, sobre todo porque aún traía el aroma del perfume de su secretaria. Era una reacción natural, un rechazo automático.
Habló, advirtiéndolo:
—En la sala de reuniones hay cámaras de seguridad por todo el lugar, te aconsejo que te controles. No nos causes problemas.
—¿Ah, sí? Pero anoche en mi cama estabas muy apasionada —Saúl se acercó con malicia, su aliento rozando los labios de Teresa.
Hace unos días, Saúl había salido de la ciudad por trabajo y a