Ya era de noche y el parque de diversiones Bahía había cerrado. Tanto el encargado como los empleados ya se habían ido a casa. Solo quedaban César y Rajiv, quien esperaba afuera de la sala de monitoreo.
A Rajiv le dolía ver a su jefe tan triste. Miró su reloj: ya eran más de las once de la noche. Se acercó y tocó la puerta.
—Jefe, es hora de ir a casa.
¿Casa?
César se rio amargamente.
Sin Lorena, ¿cómo podía llamar hogar a ningún lugar?
Suspiró, cerró los ojos y aguantó el dolor.
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