César no hizo nada para ayudarla a secarse las lágrimas, sino que se quedó de pie al lado de la cama, ni muy cerca ni muy lejos, manteniendo una distancia entre ellos.
Con una voz indiferente, comenzó a hablar:
—Voy a pedirle a Ricardo que agende la operación. Tú solo tienes que quedarte tranquila aquí.
Teresa cerró los ojos. Sus largas pestañas cubrían su mirada, pero en sus ojos brillaba una débil luz.
Como el niño era de Saúl, ella no tenía intención de quedárselo. Sin embargo, al escuchar de