Rebeca observaba desde el interior de un auto oscuro estacionado a unos metros del hotel. Las luces rojas y azules de la ambulancia parpadeaban en su rostro, dibujando sombras que acentuaban su mirada fría y calculadora. El reflejo del cristal le devolvía la imagen de una mujer que lo había perdido todo... menos el veneno.
—No funcionó —masculló, viendo cómo subían a Salvatore, vivo, aunque ensangrentado.
Apretó los dientes con fuerza, mientras sus uñas se clavaban en la tapicería del asiento.
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