Los días en Sicilia se convirtieron en una rutina extenuante. Desde el amanecer hasta que la noche caía, Leonardo, Charly, Alessa y los demás supervisaban la obra, revisaban cálculos, reorganizaban turnos y resolvían imprevistos.
El sol castigaba la tierra seca y el polvo se les pegaba a la piel como una segunda capa. Alessa comenzaba a mostrar signos de agotamiento: sus ojos estaban opacos, sus movimientos más lentos, su cuerpo visiblemente más frágil.
Charly lo notó primero.
—Alessa, ¿por qué