El amanecer llegó con un cielo grisáceo, nublado y quieto. No había brisa, solo un silencio extraño, como si incluso la naturaleza se hubiese detenido para honrar una ausencia.
Alessa se despertó antes del alba, sentada en el borde de la cama, envuelta en una bata de seda. El reloj marcaba las 5:42 a. m.
No necesitaba mirar el calendario. Su cuerpo lo sabía. Su alma también.
El recuerdo era físico: un vacío que pesaba en el pecho, un dolor punzante en la boca del estómago y una melancol