Los días en la mansión Rossi-Moretti avanzaban con la precisión de un reloj antiguo: entre juntas corporativas, balances financieros, paseos con los niños, cenas familiares y discretas reuniones con los líderes de las viejas familias italianas. Calabria resplandecía bajo la tibia luz del final del verano, y la casa se llenaba de vida con las risas de los niños y el murmullo constante de los adultos que volvían a tejer los hilos de sus destinos.
Francesco e Isabella, a pesar de estar rodeados de