El sol colgaba alto sobre el campo cuando terminaron de almorzar. Los platos vacíos, el pan desmigado y la copa de vino a medio beber hablaban de una tregua, una paz sutil que aún no se atrevía a nombrarse.
Francesco se estiró perezosamente, mirándola desde el otro lado de la mesa.
—¿Vamos a caminar? —preguntó con ese tono suyo, entre reto y caricia—. Necesito bajar esta comida… y tú necesitas aire fresco para dejar de fruncir el ceño.
Isabella alzó una ceja, pero la sonrisa le asomó antes de p