Con cuidado, la alejó de él para besarla con delicadeza. Lentamente, sus labios abandonaron los ajenos para besar su mandíbula, bajar por su garganta, por el valle de sus pechos, mientras sus manos acariciaban los costados del cuerpo femenino, provocando que una sensación electrizante la invadiera.
— ¿Qué haces, Leonardo? —indagó al verlo arrodillarse ante ella.
—A las diosas se les reza, Alessa, y tú eres la única diosa a la que soy devoto —aseguró, tomándola del tobillo izquierdo, comenzando