La mansión Lombardi se erguía imponente, pero sus muros no podían contener la sombría inquietud que se cernía sobre sus habitantes. En la penumbra de la noche, compartieron la hospitalidad de Don Antonio y Salvatore, buscando un breve respiro en la seguridad de la mansión. Sin embargo, la calma fue efímera.
Al amanecer, se preparaban para partir de nuevo hacia Calabria, pero el destino tenía otros planes.
Ya en el jardín de la mansión Francesco se acercó a Antonio para estrechar su mano y agrad