El cuerpo de Leonardo llegó a Calabria al atardecer. El cortejo fúnebre avanzó lento, casi suspendido en el tiempo. La carroza negra con adornos dorados resplandecía bajo el cielo nublado, y detrás, una fila interminable de coches lujosos y humildes seguía su paso. La ciudad entera se había detenido. Desde los balcones colgaban pañuelos blancos. Algunos lloraban en silencio; otros juntaban las manos con respeto.
Todos sabían quién era el que iba dentro del ataúd. Todos sabían qué significaba es