El aire estaba cargado de silencio cuando el auto cruzó los altos portones de la mansión Rossi. Francesco bajó del auto, seguido por Madeleine y el niño de ocho años, que mantenía la cabeza gacha, escondida bajo la capucha de su abrigo. Sus pasos eran lentos, casi dudosos, mientras avanzaba por el amplio recibidor.
La mirada de Don Marcos se suavizó apenas lo vio, reconociendo en ese rostro infantil los rasgos de su nieto. Sin pronunciar palabra, lo acogió en un abrazo silencioso, lleno de una