El amanecer en la mansión Rossi era un espectáculo en sí mismo, con los primeros rayos del sol colándose tímidamente entre las cortinas pesadas de la gran sala. El comedor, adornado con muebles antiguos y reliquias de una época pasada, brillaba con una luz dorada que daba calidez a los fríos mármoles y maderas pulidas. Don Marcos ya estaba sentado en su lugar habitual, su figura encorvada, pero aún imponente, mientras esperaba a sus nietos con la misma paciencia de siempre.
Franco, el fiel mayo