El sonido de la puerta al cerrarse tras Vítale resonó en los vastos pasillos de la majestuosa mansión Rossi. Un silencio pesado, casi opresivo, se instaló en la sala principal, donde Don Marcos, Francesco y Leonardo permanecían inmóviles. La despedida de Vítale no había sido más que el preludio de una jornada que prometía ser tan sombría como turbulenta.
La mirada de Don Marcos, aguda y penetrante, recorrió a sus nietos, midiendo cada palabra antes de romper ese denso silencio.
—Sabemos que Reb