Las tres de la madrugada. Noah dejó de fingir que trabajaba.
El teléfono estaba sobre el escritorio. La pantalla apagada. Burlándose de él.
Lo había cogido diecisiete veces en la última hora. Lo había dejado diecisiete veces. Cada vez diciéndose que no llamaría. Cada vez la mano volviendo a él de todas formas.
Las paredes del despacho se cerraban sobre él. Demasiado silencioso. Demasiado vacío. Solo él y el fantasma de lo que había perdido.
El pulgar desbloqueó la pantalla antes de que pudiera