Noah miraba fijamente la pantalla del portátil. El contrato se le borroneaba delante. Había leído el mismo párrafo seis veces. Seguía sin poder procesar ni una sola palabra.
Su despacho olía a rancio. El café se había enfriado. Contenedores de comida para llevar apilados en el escritorio. No recordaba la última vez que había abierto una ventana.
El reloj marcaba las 3 de la madrugada. Martes. O miércoles. Había perdido la cuenta.
Actualizó el correo electrónico. Nada importante. Nada de ella.
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