La mañana siguiente al mensaje en el espejo, Lisboa parecía haber cambiado de piel. El cielo estaba plomizo, y el bullicio habitual de las calles se sentía lejano, como si el mundo entero contuviera la respiración. Luciana se despertó antes que Alexander, con el corazón latiendo fuerte, pero no de miedo: de certeza. Algo había cambiado. Algo se había roto para abrir paso a otra cosa.
Bajó al lobby con su cuaderno bajo el brazo, vestida con ropa sencilla, sin maquillaje. Mientras pedía un café,