El paquete llegó sin aviso. Un sobre manila cerrado con cera roja, sin remitente visible. Luciana lo encontró al pie de la puerta cuando regresaba de su caminata habitual junto al mar. El viento fresco le había aligerado el alma, pero al ver el sobre, el peso regresó de golpe al pecho.
No había sello. No había nombre. Solo una dirección escrita a mano: la suya.
Lo llevó al interior de su pequeña vivienda, lo dejó sobre la mesa y lo miró durante largos minutos antes de abrirlo. El presentimiento