El viento nocturno silbaba suavemente contra las ventanas de la biblioteca, pero dentro de la habitación el aire era pesado, cargado de todo lo que aún no se decía. Luciana estaba sentada frente a Alexander, con el cuaderno en su regazo, sus dedos presionando las páginas con más fuerza de la necesaria.
Había leído lo que él había escrito.
Y lo que encontró en esas palabras la dejó con más preguntas que respuestas.
—¿Por qué lo haces? —preguntó, rompiendo el silencio.
Alexander se frotó la nuca,