Luciana cerró el manuscrito con manos temblorosas, su mente aún atrapada en la vorágine de emociones que las páginas le habían transmitido. El peso de las palabras de Alexander aún flotaba en su pecho, como un eco persistente que se negaba a desvanecerse. La tenue luz de la biblioteca proyectaba sombras alargadas en las paredes cubiertas de libros antiguos, impregnando el aire con un aroma a papel envejecido y tinta desvaída. Afuera, el cielo del atardecer se teñía de tonos ámbar y violeta, col