El sonido del motor rugía mientras Iván conducía a toda velocidad por la carretera solitaria. La noche era espesa, las luces de la ciudad quedaban atrás y la adrenalina aún recorría el cuerpo de Aitana.
—¿A dónde vamos? —preguntó, intentando calmar su respiración.
—A un lugar seguro.
Iván no apartaba la mirada de la carretera, su mandíbula tensa, sus nudillos blancos sobre el volante.
Aitana quería creerle. Pero después de lo que acababa de pasar, se preguntó si algún lugar era realmente seguro