Punto de vista de Laila
Las calles están tranquilas; la ciudad duerme, salvo por el zumbido de algunos coches.
Mis tacones resuenan contra el pavimento, resonando en el aire del atardecer. Agarro mi bolso con fuerza, casi como si sujetarlo pudiera evitar que me desmoronara.
Cada paso que doy hacia el apartamento de Andrés se siente más pesado que el anterior. Me duele el pecho, me sudan las palmas de las manos y se me revuelve el estómago.
No debería estar aquí. Sé que no debería. Pero la alternativa, esperar, preguntarme y dejar que el silencio entre nosotros crezca, es insoportable.
Él acabó con todo, me dejó hecha pedazos, pero no puedo quedarme quieta. Necesito explicarle más. Necesito arreglar esto.
Llego a su puerta y dudo.
Mis dedos se ciernen sobre el teclado, casi temblorosos. Mi mente repasa las últimas veinticuatro horas, cómo gritó, cómo me acusó y cómo apenas mantuve la dignidad cuando lo vi con otra persona, o al menos creí verlo.
Inspiro hondo y llamo el timbre. El timb