Punto de vista de Laila
La mañana vuelve, pero no parece un comienzo. Siento como si no hubiera dormido nada.
Abro los ojos y miro al techo; mi cuerpo está pesado y mi mente extrañamente tranquila.
No siento pánico, ni dolor agudo, solo un vacío sordo en el pecho, como si me hubieran quitado algo y mi cuerpo aún no hubiera descubierto qué falta.
Me quedo en la cama un buen rato.
Finalmente, me incorporo. La habitación parece la misma, pero no la siento mía. Mis sábanas están enredadas, mi ropa está tirada donde la dejé anteayer y el aire se siente viciado.
Bajo las piernas de la cama y pongo los pies en el suelo.
El frío del suelo me besa los pies, recordándome que sigo viva.
Mi teléfono está en la mesita de noche, boca abajo. Le doy la vuelta.
No hay mensajes, ni llamadas perdidas. Nada.
Me quedo mirando la pantalla más tiempo del que debería. Una parte de mí espera que aparezca el nombre de Andrés, aunque sé que no aparecerá. Otra parte casi espera que Inés me escriba algo estúpido