La luz del sol se colaba a través de las cortinas de la habitación, iluminando suavemente los rostros de Edward y Grace mientras despertaban juntos. Él fue el primero en abrir los ojos, y una sonrisa se formó en sus labios al verla aún dormida, con el cabello alborotado y una expresión tranquila. No quería moverse, pero el recuerdo de que Lorenza estaba en la casa lo sacó de ese momento.
—Grace… —susurró, rozando suavemente su rostro con los dedos.
Ella entreabrió los ojos, su voz somnolienta.